   ¡Cuán triste debe ser y cuán amargo
vivir en este sucio asilo estrecho,
sintiendo sin cesar dentro del pecho
de la airada conciencia el justo cargo!

   ¡Cuántas horas de angustia y de letargo
ofrecerá al culpable el duro lecho,
y cuántas, ¡ay! en lágrimas deshecho
de su existencia el fin hallará largo!

   Pero a mí ¿qué me importa tu tristeza?
como en almohada de caliente pluma
reclino en tu tarima mi cabeza.

   La culpa, no el castigo, es lo que abruma,
y rompe mi virtud toda vileza,
lo mismo que el bajel rompe la espuma.