   ¡Salve, deidad agreste, claro río,
de mi sueño natal lustre y decoro,
que resbalas magnífico y sonoro
entre brumas y gélido rocío!

   Es el blanco nenúfar tu atavío,
tus cuernos de coral, tu barba de oro,
los jilguerillos tu preciado coro,
tu espléndida mansión el bosque umbrío.

   Hiedra y labrusca se encaraman blondas
y enlazan por cubrirte en los calores
con campanillas y rizadas frondas;

   te dan fragancia las palustres flores;
y al zambullirte, tus cerúleas ondas
ensortijan los cisnes nadadores.