   Luchan el cierzo y austro; leve bruma
el valle, el monte y el zafir empaña,
y rumoroso sus arenas baña
inquieto el mar con irisada espuma.

   En grupos, balador y ágil, trashuma
el rebaño o se llega a la cabaña,
donde no lejos de un rival, sin saña
sacude e gallo la mojada pluma.

   Y arrástranse las nubes con sublime
susurro en el pinar. ¡Cuánta belleza
la blanca, tenue luz al cuadro imprime!

   Y del invierno acrece la rudeza
la lluvia pertinaz, que el alma oprime
con infinita y plácida tristeza.