   Dejó en Tesalia un cazador garrido,
bajo al móvil sombra de un manzano,
a su hijo, mientras va por monte y llano
una perdiz siguiendo hasta su nido.

   Al volver, ¡oh dolor!, le ve ceñido
por las espiras de dragón tirano;
¡era padre!, al carcaj llevó la mano,
trémulo el brazo, el corazón transido.

   La flecha embebe al arco; y con tal arte
la fuerza mide y el impulso pesa,
que tan sólo al dragón, certero, hiere.

   Así Dios el socorro nos imparte
cuando nos mira del infierno presa;
y vive el hombre y la serpiente muere.