   En la espaciosa frente que desnuda el cabello,
cuya raíz abrasa un volcán interior,
se muestran las arrugas precoces. Fatal sello
con que a sus elegidos nos señala el dolor.

   Debajo, en las hundidas cuencas, dan su destello,
al que presta la ojera violáceo resplandor,
unos ojos que ansían ver lo grande y lo bello
y están tristes mirando de la vida el horror.

   La boca, contrayéndose, dibuja la sonrisa
escéptica y doliente del que vivió de prisa,
y gustó miel y ajenjo, y sabe el bien y el mal.

   Y sobre el pecho trémulo, que en un suspiro late,
la pálida cabeza, resignada, se abate:
de la segura espera la caricia final.