   ¡Es mi adiós!... Allá vas, bruna y austera,
por las planicies que el bochorno escalda,
al verberar tu ardiente cabellera
como una maldición, sobre tu espalda.

   En mis desolaciones, ¿qué me espera?...
-ya apenas veo tu arrastrante falda-
una deshojazón de primavera
y una eterna nostalgia de esmeralda.

   El terremoto humano ha destruido
mi corazón y todo en él expira.
¡Mal hayan el recuerdo y el olvido!

   Aun te columbro, y ya olvidé tu frente;
sólo. ¡ay! tu espalda miro, cual se mira
lo que se huye y se aleja eternamente.