   Apenas el lucero matutino,
presentóse en la bóveda azulada,
dejan José y María su morada
llevando en brazos a Jesús divino.

   Las flores que guarnecen el camino
se yerguen para verlos de pasada,
y Ellos siguen su marcha acelerada
sin presentir los triste de su sino.

   ¡Oh Templo de Sión! Yo te saludo
con voz ferviente, de suspiros llena,
y ante tus gradas me prosterno mudo;

   que hoy en ti se consuma la alta escena
en que, a la voz de Simeón, sacudo
el primer eslabón de mi cadena.