   Es el llanto tenaz que me conjura
por la muerte hermanada con la mía,
a este tétrico adagio y elegía
cuya impronta a la ausencia no da cura.

   Llanto dócil que apenas da sutura
a ese tajo de pérdida que impía,
a la pérfida vida, raudo alía,
cicatrices tenaces de amargura.

   En su cauce tan brusco la impotencia
se desangra en dolor anquilosado,
y no ayuda alejando la conciencia

   de la imagen del cuerpo sepultado.
Llanto impío, canales de inclemencia,
en mi rostro te guían al pasado.