   De la entera negrura hasta la albura
jugaré con mi carta de albedrío,
acuciando en exceso el cuerpo mío
con el odio el amor y la locura.

   Probaré de lo feo la hermosura,
de la suma cordura el desvarío,
y de toda experiencia hasta el hastío
probaré, extremista hasta la hartura.

   Que al morir, por equívoco infinito,
inaugure entre espíritus un hito:
y por noble en el cielo me proclamen,

   y me exija el infierno residencia...
¡Que en eterna y sublime divergencia,
los demonios y santos me reclamen!