   No fue tu amor el que me dio la muerte,
por más que, al abrasarme con su lumbre,
sobre mi alma eché la pesadumbre
infinita y tremenda de quererte.

   Tampoco fue tu olvido; quedé inerte
al trasponer del ideal la cumbre;
pero luego volvió la muchedumbre
de los sueños, que huyeron al perderte.

   No, nada de eso fue: la triste vida,
la selva dolorosa, ensombrecida,
cuya helada tiniebla me da miedo...

   ¡Qué importan ni tus besos ni tu hastío!
La noche está muy negra; tengo frío.
¡Ni sin ti, ni contigo, vivir puedo!