   Los dos, un día, en solitario huerto,
nos vimos con placer, fingiendo en vano,
junto a un almendro, que se alzaba ufano
de vigorosa floración cubierto.

   Ya del invierno entumecido y yerto
presentía la tierra el fin cercano,
y de verde matiz vistiendo el llano
esmaltaba la mies el surco incierto.

   Cruzáronse al azar nuestras miradas,
llenas de fuego, como en lid reñida
centellando se cruzan dos espadas.

   Y envolvió nuestras almas de tal modo
aquel desbordamiento de la vida,
que, sin hablar, nos lo dijimos todo.