   No sé que impulso irresistible y rudo
me sacó de mi extático embeleso:
sé que en su casta boca estampé un beso
y la abracé con apretado nudo.

   La pobre niña, que evitar no pudo
de mi pasión el temerario exceso,
vaciló, temblorosa, bajo el peso
de aquel ósculo ardiente, intenso y mudo.

   Haciéndome sentir de sus enojos
el noble arranque, con nervioso brío
mis ímpetus contuvo y mis antojos.

   Pero ¿cómo ofenderme su desvío,
si el amor, asomándose a sus ojos,
a traición me entregaba su albedrío?