   Viviré, ni envidioso ni envidiado,
en la quietud que el cielo me conceda,
y nada habrá que importunarme pueda
como lo que he sentido y he pensado.

   ¿A qué seguir con paso acongojado
de la fortuna la mudable rueda?
Toda mi vida a mis espaldas queda
y flota, como un sueño, en lo pasado.

   ¿Por qué, teniendo al fin de la jornada
la luz detrás, la lobreguez delante,
no tornar a otros tiempos la mirada?

   Vuelva hacia ti mi corazón amante,
¡oh aurora de mi vida, inmaculada,
más luminosa cuanto más distante!