   A veces s escapaba de su pecho
forzado gozo y sin razón reía,
otras, entre sus manos escondía
   su hermoso rostro, en lágrimas deshecho.
   
Siempre alterado y nunca satisfecho,
yo con ávido ojos la seguía,
que era su angustia causa de la mía
y origen su esquivez de mi despecho.

   ¿Quién, turbado de pronto las serenas
horas de nuestra paz íntima y santa,
rompió nuestras dulcísimas cadenas?

   Preguntádselo al pájaro que canta,
labrando el nido, sus ocultas penas,
y al insecto, y al germen, y a la planta.
