   El sol, al trasponer la última cumbre,
su disco agranda y por instantes crece,
y está tan encendido, que parece
el rojizo horizonte, un mar de lumbre.

   ¡Oh Dios! Bajo su enorme pesadumbre
se precipita el sol. ¡Todo fenece!
Eva temblando grita y desfallece,
presa de su mortal incertidumbre.

   ¡Es el incendio, es el incendio!, -gime
desesperado Adán- ¡Tal vez la llama
que purifica el alma y la redime!

   Y alzando al alto cielo que se inflama
la faz inquieta, en su terror sublime,
-¡Dios que ofendí, misericordia! -clama.