   Rendidos por la angustia y el espanto
caen en honda congoja, y mientras dura
su lánguido sopor, la noche oscura
cubre los cielos con su negro manto.

   ¡Ay!, al volver de su estupor, ¡con cuánto
afán, mezcla de asombro y de pavura,
clavan en las tinieblas de la altura
su mirada tenaz, que ciega el llanto!

   Con el aura que calla el ruido expira.
Un astro sin calor, por el sombrío
y mudo espacio, amarillento gira.

   Y, abrazándose a Adán, en su extravío,
Eva balbuce sollozando: -¡Mira!
¡Es el sol que se muere! ¡Siento frío!