   Y la celeste bóveda enlutada
es para su creciente desconcierto,
urna de un mundo desquiciado y muerto
que toca en los confines de la nada.

   Llenos de horror, con la razón turbada
y el semblante de lágrimas cubierto,
por aquel vasto y lóbrego desierto
van a tientas siguiendo su jornada.

   Su propio pensamiento los hostiga,
la sombra todos los caminos cierra,
y es mayor por momentos su fatiga.

   Hasta que el susto embarga sus sentidos
y dan, como cadáveres, en tierra
por su medrosa ofuscación vencidos.