   ¡Cuán tremendo el estigma del pecado
sobre sus almas consternadas pesa
al ver pasar, como fugaz pavesa
barrida por el viento, el goce hurtado!

   Núblase el cielo de repente, el pardo
se agosta, el canto de las aves cesa
y huyen gimiendo por la selva espesa
las fieras en tropel desordenado.

   Como vagas imágenes de un sueño,
brillan y se deshacen de improviso
las dichas del Edén, antes risueño.

   Y en la gran dispersión del Paraíso,
sólo queda a las plantas de su dueño,
aullando de terror, el can sumiso.