   «¡Gemid, gemid por vuestra infausta suerte,
-truena la voz de Dios desde la altura-
la paz del mundo en negra desventura
vuestra soberbia ingratitud convierte!

   Tú, Adán, tú labrarás como más fuerte,
desde hoy la tierra, a tus esfuerzos dura,
y será siempre tu progenie impura
esclava del dolor y de la muerte.

   Salid, hasta que en hora venidera,
el pie de una mujer inmaculada
la frente aplaste de la sierpe artera.»

   Dijo, y blandiendo su fulmínea espada
el ángel del Señor, echólos fuera
del mustio Edén, y les cerró la entrada.