   La tarde empieza a declinar. Con paso
medroso y torpe, la infeliz pareja
de aquel lugar de perdición se aleja,
dirigiendo su rumbo hacia el ocaso.

   El tímido pudor ante el fracaso
de la ventura humana, huye y los deja,
y con rígida piel de blanca oveja
cubren su cuerpo macilento y laso.

   Cada vez es más áspero el camino:
difusa franja de matices rojos
arrebola el celaje vespertino.

   Avanzan, y al través de los abrojos
con susto ven, del animal dañino
que está en acecho, relucir los ojos.