   La rencorosa culpa que con ellos
marcha invisible, sus conciencias muerde
para que el bien pasado les recuerde
el dolor, y se ericen sus cabellos.

   Ya la tierra, a los pálidos destellos
de amortiguada luz, sus galas pierde
y no muestran el monte, ni la verde
selva, ni el cielo azul tonos tan bellos.

   La tristeza aumentando del paisaje,
oyen por donde van, lúgubre y queda
la voz de su delito que los nombra.

   Y lejos, por los troncos y el follaje
de la intrincada y tétrica arboleda,
ven flotar los fantasmas de las sombras.