   La muda soledad del firmamento,
como un lago, tranquila y transparente,
el murmullo apacible de la fuente,
la rumorosa undulación del viento,

   de la vida el perpetuo movimiento
que Adán, embelesado, admira y siente,
todo sume su espíritu inocente
en grave y religioso arrobamiento.

   Con el llanto agolpándose a sus ojos,
sobrecogido ante grandeza tanta,
póstrase, en tierna adoración, de hinojos.

   Y es, bajo el solio del espacio inmenso,
la primera oración que a Dios levanta,
pura cual nube de oloroso incienso.