   Eva, que aspira en el jardín ameno
el húmedo frescor de la alborada,
ve su casta hermosura retratada
de manso arroyo en el cristal sereno.

   Céfiro besa, de perfumes lleno,
su cabellera, como el sol, dorada,
que cae en leves ondas desatada
sobre el ebúrneo y delicado seno.

   Quédase un punto atónita, indecisa,
quiere luego abrazar la imagen pura
que en la corriente trémula divisa,

   y, al ver rota en el agua su figura,
lanza a los ecos su vibrante risa
perdiéndose a través de la espesura.