   Cuando la nieve que el invierno frío
en las abruptas cumbres aglomera,
licuada por la tibia primavera,
baja de peña en peña al valle umbrío,

   el revuelto turbión que afluye al río
márgenes rompe, y la corriente fiera,
dilatando el estrago por doquiera,
lánzase al mar con indomado brío.

   El soberbio raudal devasta el llano,
arrebata los rústicos hogares,
descuaja el bosque y la ciudad inunda:

   hasta que Dios, con inflexible mano,
le reduce a sus cauces seculares,
y las campiñas que asoló, fecunda.