   Es en vano intentarlo. Cuando el río
en su profundo cauce retroceda,
quizá se apiade el cielo y me conceda
todo el valor que para odiarme ansío.

   Pugno por olvidarme, y mi albedrío
más en los lazos de tu amor se enreda;
seguir tus pasos el honor me veda
y me arrastro a tus pies, a pesar mío.

   Tu falaz persuasión me infunde miedo;
quiero escapar de ti, dejar de verte,
y a tus caricias engañosas cedo.

   Y es tal mi desventura y tal mi suerte
que, conociendo tu maldad, no puedo
estimarte, ¡ay de mí!, ni aborrecerte.