   Tornaré como el pródigo doliente
a tu heredad tranquila; ya no puedo
la piara cultivar, y al inclemente
resplandor de los soles tengo miedo.

   Tú saldrás a encontrarme diligente;
de mi mal te hablaré, quedo, muy quedo...
y dejarás un ósculo en mi frente
y un anillo de nupcias en mi dedo;

   y congregando del hogar en torno
a los viejos amigos del contorno,
mientras yantan risueños a tu mesa,

   clamarás con profundo regocijo:
«¡Gozad con mi ventura, porque el hijo
que perdido llorábamos regresa!»