Con tres genuflexiones los teuctlis abordaron
el trono; cada teuctli llevaba su tesoro:
Señor, mi Señor, luego gran Señor, exclamaron,
y fuéronse, agitando las arracadas de oro.

(Era la fiesta santa de Quetzalcoatl.) Llegaron
después doncella brunas diciendo eximio coro,
y frente al rey ceñudo cien músicos vibraron
el teponaxtle, el huéhuetl y el caracol sonoro.

(Era la fiesta santa de Quetzalcotl.) Reía
el pueblo. El rey en tanto -sin brillo la sombría
mirada inmensa, como dos noches sin estrellas-

pensaba en el augurio fatal del Dios Serpiente:
«Y entonces en un vuelo de naves del Oriente,
vendrán los hombres blancos, que matan con centellas.»
