   Tu gloria llena todos los confines
con la luz de su roja llamarada;
tu libro es una crátera sagrada
digna solo de olímpicos festines.

   Son tus versos heraldos paladines
que trotan a bandera desplegada,
formando aristocrática mesnada,
y al heroico sonar de los clarines.

   ¡Oh altísimo poeta, quién pudiera
perseguir el albor de tu cimera,
ostentar tu blasón como amuleto,

   y aprisionar con impecable mano
todo el lustre del ritmo castellano
en la malla ideal de tu soneto!