   El mar, sobre el brumoso arrecife costero,
en florones de espuma rompe sus blancas olas;
y en la jarcia embreada de un bergantín velero
hace sonar al viento sus fuertes caracolas.

   Cruza el aire la copla de un cantar marinero;
y mientras tañe el mar sus plañideras violas,
se va quedando en sombra el poblado pesquero
y las olas se duermen sobre las playas solas.

   En la arena movible, que el mar suave refresca,
después de la marina faena de la pesca,
descansan viejos lobos de rostros atezados.

   Un grumete remienda su red. En el poniente
es otra red de oro la urdimbre transparente
de la tarde, colgando de mástiles dorados.