   Cruza el aire, oliente a salitre marino,
veinte gaviotas juntas que vuelan hacia el mar;
llegan ecos discordes del poblado vecino
y de la mar afuera, un cansado remar.

   Una moza, de rostro bizarro y pelo endrino,
al compás de las olas apareja su andar,
y muestra las desnudas piernas de cutis fino,
blancas, como la espuma, que hace al caminar.

   La noche, tras la glauca turquesa de los mares,
ha borrado las cárdenas tintas crepusculares
que son belleza y gala del lejano confín.

   Brilla la luna como una concha marina,
y en las ondas dormidas, vierte su estela, fina
y larga, la luz roja de un negro bergantín.