   La ilumina un reflejo opalescente
de naranja en sazón que al sol se dora,
como un cáliz de rosa, transparente,
que en pétalos de luces se desflora.

   Si la luz la ilumina levemente,
de matices de grana se colora,
cual si encerrara en su cristal luciente,
el oro luminoso de una aurora.

   Engarzada en tu antiguo camafeo,
derrama su dorado parpadeo,
de luminoso esmalte de granada.

   Y al mirarla en tu nuca alucinante,
semeja el rictus, rojo y enervante,
de una honda y sangrienta puñalada.