   Sobre un rojo tapiz de terciopelo
se nos muestra su carne lacerada,
así como de nardo inmaculada,
entre claveles, del jardín del cielo.

   En su capilla, triste y silenciosa,
un fulgor misterioso lo ilumina,
como si un sol de invierno que declina
le llegase a besar la faz gloriosa.

   De Montañés, el genio poderoso,
dio vida a este portento y hermosura,
para honor de las artes de Sevilla...

   Poniéndole en el rostro milagroso;
tal humano semblante de amargura,
que el ánimo nos pasma y maravilla.