   Al caer de la tarde, está la fresco sentada,
de la casa a la puerta, la familia tranquila...,
tiende la buena madre hacia el sol la mirada,
y del corral baldío llega en eco de esquila.

   El cura, por el porche de la iglesia pasea,
y con besos, los niños le acarician las manos,
limpias como la luna que a la noche blanquea
las copas de los árboles en los montes lejanos.

   Los segadores vuelven con los cuerpos transidos,
las piaras retornan con correr presuroso,
y con el sol se muere la luz del claro día...

   Los pájaros revuelan en torno de sus nidos,
y al sonar la campana del «Angelus» glorioso,
todos los labios rezan: «Dios te salve, María.»