   Por la empinada cuesta del camino,
como la imagen viva del pasado,
andrajoso, descalzo, mal tapado,
va marchando un anciano peregrino.

   Su rostro lleva impreso del destino
el sello con que marca al condenado,
y la pena continua le ha dejado
el rostro cadavérico y cetrino.

   La boca en una mueca contraída
expresa un doloroso no sé qué...
Sus ojos van perdiendo ya la vida,

   no sabe qué será n lo que fue,
y va gritando: «Es grande mi caída,
un gusano es mi igual, perdí la fe.»