   Hay un ígneo penacho en cada cirio
que se alarga en la atmósfera, y crepita
con un gesto suave de martirio
y de tortura vaga e infinita.

   Los cofrades avanzan lentamente
y los clarines dicen su lamento;
de cuando en vez, la copla penitente
-igual que una saeta- rasga el viento.

   Hay como un retroceso milenario;
y al escena sublime del Calvario,
por un momento, cubre nuestros ojos.

   ...Después solo el azul. Y de los cielos
-cual fuente de benéficos consuelos-
baja una nube de matices rojos.