   Vamos llegando en medio de un poniente dorado;
el océano brilla como una intensa llama,
y poco a poco, lenta, la noche se derrama
en la paz infinita del puerto abandonado.

   Nada perturba el seno de esta melancolía;
sólo un falucho cuelga su velamen cansado,
y hay tal desesperanza en el aire pesado
que hasta el viento parece que ha muerto en la bahía...

   Entramos lentamente; a nuestro lado quedan
algunas lonas blancas, que en la noche remedan
aves de mar que emprenden una medrosa huida;

   y a lo lejos, en medio de la desierta rada,
del fondo de la noche, como un soplo de vida,
va surgiendo la blanca ciudad, iluminada...