   Navegamos rodeados de una intensa niebla;
no hay un astro que anime la negra lontananza;
y nos da el buque, en medio de la noche de niebla,
la sensación de un monstruo que trepida y avanza.

   Baten las olas lentas su canción marinera,
el piloto pasea, silencioso, en el puente;
y un centinela, a popa, junto al asta bandera,
apoyado en la borda, fuma tranquilamente...

   Tiene un no sé qué indómito su mirada perdida,
el resplandor rojizo de su pipa encendida
en la toldilla a oscuras pone un candente broche;

   y al mirar su silueta de rudo aventurero,
sueña que viaja a bordo de algún barco negrero,
nuestra alma, que es gemela del alma de la noche...