   Llegaron invadiendo las horas vespertinas;
el humo denso y negro manchó el azul del mar,
y el agrio resoplido de sus broncas bocinas
resonó en el silencio de la puesta solar.

   Hombres de ojos de ópalos y de fuerzas titánicas,
que arriban de países donde no luce el sol:
acaso de las nieblas de las Islas Británicas,
o de las cenicientas radas de Nueva York.

   Esta tarde, borrachos, con caminar incierto,
en desmayados grupos se dirigen al puerto,
entonando el Good save con ritmo desigual...

   Y en un ¡hurra! prorrumpen con voz estentorosa
al ver sobre los mástiles ondear victoriosa
la púrpura violeta del pabellón Royal...