   Y volvieron de nuevo las febricientes horas;
el sol vertió su lumbre sobre la pleamar,
y resonó el aullido de las locomotoras
y el adiós de los buques dispuestos a zarpar.

   Jadean chirriantes en el trajín creciente
las poderosas grúas... y a remolque, tardías,
las disformes barcazas andan pesadamente
con sus hinchados vientres llenos de mercancías;

   nos saluda a lo lejos el blancor de una vela,
las hélices revuelven la luminosa estela...
Y entre el sol de la tarde y el humo del carbón,

   la graciosa silueta de un bergantín latino
se aleja lentamente por el confín marino,
como una nube blanca sobre el azul plafón.