   A padecer en Roma, como reo
de alta traición, me llevan diez sayones
de índole más feroz que los leones
que me reserva el rojo Coliseo.

   ¡Romanos! Acceded a mi deseo:
no ablanden vuestras tiernas oraciones
ni bestias, ni imperiales corazones,
ni me arranquéis de mártir el trofeo.

   Yo estaba entre los niños inocentes
que de Jesús acarició la mano,
a despecho de apóstoles renuentes.

   De Cristo ahora soy maduro grano
que de las fieras molerán los dientes
y cocerán los hornos de Trajano.