   No temen las Piérides hermosas
las áureas flechas del traidor Cupido;
antes adoran al rapaz de Gnido,
y sus pisadas siguen obsequiosas.

   Del poeta se alejan desdeñosas
en cuyo seno Amor no encuentra nido;
mas si alguien canta, de su arpón herido,
al vate todas cercan presurosas.

   Víctima yo de su venganza ruda,
si a dioses canto o ínclitos varones,
se pega al paladar mi lengua muda.

   Mas si a Lícida infiel, o al niño ciego
emprendo celebrar, en mis canciones,
¡cuánta dulzura entonces! ¡Cuánto fuego!