   Serenamente la barquilla mía
surca en el mar su fijo derrotero;
boga al Ocaso el lánguido remero,
y ya le alumbra Véspero la vía.

   Siento acercarse tenebrosa y fría
la noche sin mañana y si lucero.
¡Oh, tú la maga de mi amor primero,
baja a mi barca para ser su guía!

   ¡Adiós, cielos sin sol, campos sin rosas,
y adiós también, infieles compañeras,
Razón y Fe, Sibilas engañosas!

   Barquera, ven. Tus notas plañideras
me lleven por escalas melodiosas
al concierto de amor de las esferas.