   Luchó con su infortunio; en el combate,
como en Lepanto, le vejó la suerte;
lo apresó la miseria, y lo halló fuerte
como en Argel, pero faltó el rescate.

   Lo abandona el amigo y el magnate;
la Envidia hiel en sus heridas vierte,
¡y el pobre! «con las ansias de la muerte»,
ni maldice, ni llora, ni se abate.

   Ve en torno el mundo sordo a su lamento,
y alma viril, bendice la pobreza,
«dádiva santa nunca agradecida».

   ¡Sí, que ella fue crisol de su pureza
y a su amparo labróse el monumento
que vengó los ultrajes de su vida!