   La reina de los frívolos antojos
en el festín con báquida apostura
se levanta. Pasión, fiebre y locura
arden en los abismos de sus ojos.

   Manda, y la nubia esclava ya de hinojos,
en almirez de pórfido tritura
la regia perla. El polvo que fulgura
del vino escarcha los reflejos rojos.

   -Quiero, Antonio, brindar- dijo, en el suave
néctar de Clío revolviendo, altiva,
la más preciada perla de su erario.

   -¡Qué mis culpas de amor la muerte lave,
y Cleopatra en gloria así reviva
blanca y perenne como el mármol pario!