   Serenamente casta, la paz de su belleza,
tiene ese dulce encanto que redime y cautiva.
No sabe de rubores su inconsciente pureza,
ni sabe ser su amable sinceridad esquiva.

   No provoca su carne las hambres del pecado
sino el místico anhelo de la santa ternura.
Nunca sus labios rojos el amor ha besado,
ni en su seno de virgen palpitó el ansia impura.

   Sus miradas tranquilas, de la madre y la esposa
tienen la mansedumbre espiritual y quieta
que sana las heridas y extingue todo fuego;

   y en su caricia fulge la llama misteriosa
de esas lámparas suaves que en la noche discreta
sobre el hogar derraman claridad y sosiego.