   Nos pusimos de acuerdo sin habernos hablado.
Cada uno esperaba ya al otro; de tal modo
que fue nuestro saludo la vuelta del pasado,
y cuando nos miramos, lo sabíamos todo.

   Así, sencillamente, bajo el árbol divino
se celebró la misa de nuestros esponsales.
Junto a la humilde fuente nos bendijo el Destino
y un diluvio de rosas floreció en los rosales.

   Y después... comulgaron unidas, en la sombra
nuestras dos almas sobre la perfumada alfombra;
y, descifrando el viejo secreto de la vida,

   a través de la noche silenciosa, emprendieron
la marcha lentamente... hasta que se perdieron
en el santo refugio de la paz escondida...