   Yo, que a nadie hice mal, que he recogido
el padecer ajeno, que he buscado
alivio a los pesares de otro, olvido
a penas que jamás he ocasionado.

   Yo que de Cristo la doctrina austera
he practicado, sin rendir tributo
a la venganza ni al placer, severa,
sin esperar de mi conducta el fruto...

   Ya conocí, por fin, la sierpe inmunda
que emponzoñóme artera y vagabunda,
y herido el corazón en la contienda,

   al comprender que ayer fue desacierto,
¡hoy me siento a la puerta de mi tienda
a ver pasar a mi enemigo muerto!