   ¡Salve, titán de la cerúlea frente,
sobre el materno piélago dormido;
de tu férrea garganta amo el rugido,
amo la espuma de tu faz hirviente!

   A tus arrullos despertó mi mente,
mi primer llanto resonó en tu oído,
eduqué con tu indómito alarido
mi brava condición y ánimo ardiente.

   Mas ni el fragor de tus tormentas calma
esta pasión que vencedora rige
mi fe, mi corazón y mi albedrío,

   ni darán tus sonrisas paz al alma,
hasta que en ti sus claros ojos fije
la eterna luz del pensamiento mío.