   Arroja el precio vil; desesperado
el vendedor de Cristo al tronco asciende;
el lazo estrecha, y pronto abandonado
el yerto cuerpo de las ramas pende.

   Rechinaba el espíritu encerrado
en son rabioso que los aires hiende;
de Jesús blasfemaba, y su pecado
que el poder del Averno tanto extiende.

   Salió de vado, al fin, con un rugido;
aferrole Justicia, y con potente
dedo en la sangre de Jesús teñido,

   la sentencia escribió sobre su frente:
sentencia de inmortal llanto infinito,
y lanzó su alma al Aquerón hirviente.