   Un estrépito en tanto resonaba
que a Dite atruena en son alto y profundo;
era Jesús que, redimido el mundo,
de Averno el reino a debelar bajaba.

   El torvo pecador que le miraba,
ni aun osó articular leve sonido;
el llanto de sus ojos descendido
como lava de fuego le quemaba.

   Fulguró sobre el negro cuerpo obsceno
la etérea lumbre y torva llamarada
humeó al sonar el pavoroso trueno.

   Puso entre el humo su fulmínea espada
la justicia: alejose el Nazareno,
apartando de Judas la mirada.